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Bancos centrales y finanzas sostenibles: Del exotismo al estoicismo

24 diciembre, 2018 • Opinión

Arturo Fraile

BBVA Research

Diez años después del estallido de la crisis global que originó, entre otras cosas, un cambio sin precedentes en la arquitectura supervisora internacional y un tsunami regulatorio ¿cree que alguien anticipó en 2008 que bancos centrales y supervisores financieros estarían llamados a tener un papel clave en relación con los riesgos del cambio climático? Yo no.

Bancos centrales y supervisores consideran estos riesgos porque existe una probabilidad no despreciable de que, en caso de materializarse, tengan un impacto muy negativo para el sistema financiero y la economía real: el cambio climático afecta a la economía, la actividad y a la estabilidad de precios; impactando sobre la intermediación del ahorro y la inversión. Es decir, los riesgos del cambio climático (físicos, de transición y de responsabilidad) son riesgos financieros (de crédito y de mercado principalmente).

Por ello, parece congruente que, aunque bancos centrales y supervisores financieros no lideren la transición hacia una economía sostenible baja en dióxido de carbono (CO2), sí aboguen porque las entidades que están bajo su radar consideren y gestionen estos riesgos de la mejor manera posible. Por ejemplo: los bancos centrales pueden aportar valor por su capacidad analítica para evaluar y medir riesgos, y los supervisores ayudar al mercado a poner en precio los riesgos del cambio climático (algo que el mercado puede no hacer bien por los plazos largos y la diversidad de los mismos).

La Red de Bancos Centrales y Supervisores para Ecologizar el Sistema Financiero (NGFS), creada hace un año durante el One Planet Summit de París (COP23), tiene dos objetivos principales: contribuir al desarrollo de un marco analítico para la gestión de los riesgos del cambio climático y del medioambiente; y, ayudar a la transición hacia una economía sostenible. Está compuesta por veinticuatro miembros y cinco observadores. Entre los primeros, cabe destacar al Banco Central Europeo (BCE), a la Autoridad Bancaria Europea y al Banco de España (BdE). De los segundos, al menos, al Banco Internacional de Pagos y al Banco Mundial.

El BCE ha identificado los riesgos del cambio climático en su evaluación a efectos de supervisión bancaria para 2019, y estarán entre los temas a tratar cualitativamente con los bancos de manera individual. Además, un par de discursos recientes de dos de sus consejeros ejecutivos sugieren un punto de inflexión y despejan toda duda sobre la posición y grado de implicación del Banco.

En España, parece que podría estar contemplándose la posibilidad de pedir a las empresas cotizadas, y a las entidades de crédito sometidas al régimen supervisor del BdE, que elaboren un informe anual de los riesgos financieros asociados al cambio climático. Asimismo, el BdE podría tener que preparar bianualmente un documento evaluando este riesgo para el sistema financiero español y las políticas para combatirlo.

Recientemente, se celebró la conferencia de las Naciones Unidas sobre el cambio climático (COP24) y la Comisión Europea abogó por una Europa climáticamente neutra en 2050. No parece fácil, por el punto de partida actual y porque en 2017 volvieron a aumentar los niveles de emisiones de CO2.  

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