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Europa en días de lluvia

16 abril, 2018 • Opinión

Miguel Jiménez

BBVA Research

El debate para avanzar hacia una mayor integración en Europa se intensifica según se acerca el mes de junio, fecha autoimpuesta por los líderes europeos para concretar nuevas reformas en la eurozona. El Fondo Monetario Internacional, que a menudo es mucho más audaz en sus recomendaciones de política fiscal de lo que habitualmente se piensa, ha entrado recientemente en este debate lanzando la propuesta de un fondo de estabilización para hacer frente a las variaciones en el ciclo económico. No es una idea nueva, ya que la Comisión Europea (CE), lo sugirió en diciembre ofreciendo tres alternativas: un seguro de desempleo común, un fondo para inversiones (que asegure que no haya parón inversor en las recesiones), o una alternativa menos específica que recibe el poético nombre de “fondo para días de lluvia” (“rainy day fund”) que permita acumular recursos en los períodos de mayor crecimiento para gastarlos en períodos de recesión. El FMI se decanta por esta última alternativa. 

Aunque ya existen márgenes fiscales para estabilizar el ciclo económico (como el límite del 3% de déficit), se argumenta que los shocks asimétricos (que afectan a un solo país de una unión monetaria como la eurozona) pueden ser importantes, y para combatirlos no existe política monetaria independiente. Además, incluso cuando las recesiones son comunes a toda la zona, la política monetaria puede no ser suficiente para combatirlas, como ocurrió en el período 2011-2013, cuando casi todos los países de la zona euro, incluso aquellos que no estaban sometidos a la presión de los mercados, aplicaron políticas fiscales restrictivas.

El documento del FMI muestra que una pequeña contribución anual de los países (del 0,35% del PIB) puede ser suficiente para aplicar políticas contracíclicas que eviten una recesión típica en la Eurozona. Para crisis mayores, como la pasada, sería necesario que el fondo tuviese capacidad de endeudamiento, algo que puede causar rechazo por parte de los países nórdicos. Para mantener la disciplina fiscal, además de hacer las reglas fiscales más simples y transparentes (ya propuesto por el FMI en otras ocasiones, y defendido también por la CE), el fondo solamente se aplicaría a los países que cumpliesen las reglas de déficit y deuda. Y para hacerlo fiscalmente neutro -que no haya transferencias permanentes entre países, el gran temor de los países nórdicos en estos temas-, las aportaciones en exceso a los países con dificultades serían devueltas en años sucesivos.

El mecanismo parece bien diseñado, y políticamente factible en la coyuntura actual, pero queda la duda de si es realmente un instrumento esencial para crisis normales -los shocks no son tan asimétricos en Europa-, y si habría sido suficiente para evitar la crisis europea de la última década, de carácter más sistémico. Claramente no, y para ello son necesarias propuestas más ambiciosas que vayan hacia algún mecanismo de mutualización de deuda. 

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