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Soplar y sorber

28 enero, 2019 • Opinión

Julián Cubero

BBVA Research

La economía china está en el foco de la atención global, tanto por su tamaño tras el rápido crecimiento de las dos últimas décadas como por la combinación única de planificación (cada vez menos) y mercado (cada vez más) que ha logrado sacar de la pobreza a cientos de millones de personas. Atendiendo al patrón de otros países que recorrieron antes el mismo camino (Japón y Corea del Sur), esta convergencia real lleva implícita una moderación del crecimiento, por el freno de la población y por la transformación de una economía emergente, orientada a invertir y exportar, en otra centrada en el consumo doméstico y los servicios. Es precisamente esta transformación estructural, de largo plazo, la que está detrás de los dos asuntos que seguirán situando a China en el podio del interés global.

En primer lugar, los vaivenes de unas políticas económicas que van a seguir, como no lo hacen en otros sitios, soplando y sorbiendo prácticamente a la vez. Soplando la demanda con la política fiscal (y un poquito con la monetaria), y sorbiendo con medidas regulatorias el apalancamiento excesivo y otras vulnerabilidades financieras acumuladas en los últimos años. Y todo ello, con el objetivo de gestionar la desaceleración, necesaria para corregir los excesos y vulnerabilidades, pero molesta si de lo que se trata es de mantener la paz social.

En segundo lugar, el devenir de la relación con EE.UU., que va más allá del mantenimiento o no de la tregua en la guerra arancelaria. Este es un movimiento más de lo que puede suponer realmente un punto de giro en las relaciones entre ambos países, desde la colaboración, incluido el apoyo para entrar en la Organización Mundial de Comercio (OMC), a la confrontación, precisamente porque el gobierno norteamericano considera que China se ha aprovechado del sistema de gobernanza global del comercio, entre otros motivos por ser tratada, indebidamente, como una economía emergente sometida a las reglas del mercado. Las dificultades para el acceso al mercado chino y la falta de protección de la propiedad intelectual son quejas recurrentes que la actual OMC no ha sido capaz de solucionar. Pero el mejor remedio no pasa por acuerdos bilaterales bajo la espada de Damocles de represalias en menos de 90 días.

Más allá de estas escaramuzas, una de las claves en la carrera por el liderazgo económico es cómo se hacen más productivos los limitados recursos disponibles. EE.UU. invierte en I+D el 2,7% de su PIB, lo mismo que en 2001, cuando China entró en la OMC. Desde entonces, el país asiático ha más que doblado su esfuerzo inversor hasta el 2,1% del PIB. Ahí China sí que sopla y sopla sin descanso.  

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